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Turismo religioso: de la peregrinación al patrimonio, una experiencia para recorrer el territorio

Lejos de limitarse a la visita de templos y santuarios, el turismo religioso incorpora hoy recorridos, relatos históricos, paisajes y experiencias culturales. Los casos del Camino de Brochero y la Ruta Jesuítica muestran cómo la espiritualidad puede convertirse en una herramienta de valorización patrimonial y desarrollo local. Los estudios que desarrollamos desde la Fundación OSAI para la Agencia Córdoba Turismo y el Gobierno de la Provincia de Córdoba permiten analizar esta transformación.

Un peregrino avanza por los senderos de Traslasierra siguiendo las huellas de José Gabriel Brochero. Lleva una mochila liviana, agua para el camino y la expectativa de completar una experiencia que puede extenderse durante varios días. A cientos de kilómetros de allí, un visitante recorre los claustros de la Manzana Jesuítica de Córdoba mientras descubre cómo una red de iglesias, estancias y colegios construida hace más de tres siglos ayudó a moldear buena parte de la historia de la región.

Aunque las escenas parecen diferentes, ambas forman parte de un mismo fenómeno: la transformación del turismo religioso en una experiencia que combina espiritualidad, pasión y disfrute. Lejos de ser un segmento marginal, el turismo religioso constituye una de las actividades más dinámicas dentro del turismo cultural y patrimonial. Según estimaciones de la consultora internacional Grand View Research, el mercado global del turismo religioso movilizó alrededor de 286.600 millones de dólares en 2024 y podría alcanzar los 671.900 millones de dólares hacia 2030, impulsado por el crecimiento de las peregrinaciones, las festividades religiosas, los recorridos patrimoniales y las experiencias vinculadas a la espiritualidad. Este fenómeno atrae cada año a millones de viajeros en todo el mundo y consolida un segmento que combina motivaciones religiosas, culturales e identitarias, generando además un impacto económico significativo en los destinos que lo desarrollan.

Algunos de los principales destinos religiosos del planeta permiten dimensionar el alcance de este fenómeno. El Camino de Santiago recibe anualmente cientos de miles de peregrinos procedentes de más de un centenar de países, mientras que lugares como el Vaticano, Jerusalén, Lourdes o Fátima convocan millones de visitantes cada año. Más allá de las diferencias culturales o religiosas, todos comparten una característica común: han logrado que la espiritualidad y la historia generen experiencias turísticas capaces de producir actividad económica, fortalecer identidades territoriales y proyectar internacionalmente a sus comunidades.

Esta evolución también comienza a observarse con fuerza en Argentina, donde distintos destinos buscan transformar recursos patrimoniales y religiosos en experiencias capaces de generar desarrollo local, fortalecer identidades territoriales y diversificar la oferta turística.

En ese contexto, la pregunta ya no es solamente cómo preservar un santuario o un edificio histórico, sino cómo construir experiencias capaces de conectar a los visitantes con el significado profundo de esos lugares.

Los estudios que desarrollamos desde la Fundación Observatorio del Sector Audiovisual e Infocomunicacional (OSAI) para la Agencia Córdoba Turismo y el Gobierno de la Provincia de Córdoba sobre el Camino de Brochero y la Ruta Jesuítica ofrecen una oportunidad para analizar esta evolución. Ambas iniciativas forman parte de una estrategia orientada a fortalecer experiencias turísticas vinculadas al patrimonio religioso, cultural e histórico de la provincia, incorporando herramientas de planificación, desarrollo territorial y valorización patrimonial.

Aunque responden a tradiciones diferentes, ambos proyectos comparten una característica central: entienden el turismo religioso como una experiencia territorial. El visitante deja de ser un espectador para convertirse en protagonista de un recorrido donde el paisaje, la historia, la comunidad y la espiritualidad forman parte de una misma narrativa.

El camino como destino

Durante mucho tiempo, gran parte de las propuestas de turismo religioso estuvieron organizadas alrededor de un lugar específico: una iglesia, un santuario, una basílica o un sitio de peregrinación. Sin embargo, una de las transformaciones más interesantes del sector consiste en poner el foco en el recorrido.

Ese es precisamente el caso del Camino de Brochero.

Inspirado en la figura del Cura Brochero, el proyecto recupera senderos y localidades vinculadas a la vida del santo cordobés para construir una experiencia que encuentra su sentido en el trayecto. Caminar, pedalear o cabalgar deja de ser un simple medio de transporte para convertirse en una forma de conexión con el territorio.

La experiencia del peregrino se construye paso a paso. El paisaje serrano, los puntos de encuentro, las historias compartidas y la interacción con las comunidades locales forman parte de una propuesta que combina actividad física, reflexión personal, patrimonio y espiritualidad.

No se trata únicamente de llegar a destino. La experiencia está en el camino.

Esta lógica responde a una tendencia que atraviesa al turismo contemporáneo en su conjunto. Los viajeros buscan cada vez más experiencias auténticas y transformadoras. En ese contexto, las rutas de peregrinación ofrecen algo difícil de replicar: la posibilidad de vivir un proceso personal ligado al movimiento, la contemplación y el contacto directo con el territorio.

Desde la perspectiva del desarrollo turístico, esto implica un cambio importante. La infraestructura deja de concentrarse exclusivamente en el punto de llegada y pasa a distribuirse a lo largo del recorrido. Señalética, estaciones de descanso, servicios al peregrino, puestos de trabajo, inversiones, interpretación patrimonial y conectividad se convierten en elementos fundamentales para garantizar una experiencia integral.

Una historia que se recorre

Si el Camino de Brochero pone el acento en la experiencia de la peregrinación, la Ruta Jesuítica propone otro modo de aproximarse al turismo religioso: a través del patrimonio.

La declaración de la Manzana Jesuítica y las Estancias Jesuíticas de Córdoba como Patrimonio Mundial por parte de la UNESCO consolidó el reconocimiento internacional de un conjunto excepcional de bienes históricos. Durante más de ciento cincuenta años, la Compañía de Jesús desarrolló en Córdoba una compleja red de instituciones educativas, productivas y religiosas que dejó una huella profunda en la historia regional.

Sin embargo, la existencia de un patrimonio valioso no garantiza por sí sola una experiencia turística significativa.

Uno de los principales desafíos identificados en los estudios que impulsamos desde OSAI para la Agencia Córdoba Turismo consiste en transformar ese conjunto de sitios dispersos en una experiencia integrada capaz de contar una historia común. La Manzana Jesuítica, las estancias de Caroya, Jesús María, Santa Catalina, Alta Gracia y La Candelaria, junto con otros elementos asociados al antiguo Camino Real, forman parte de una narrativa mucho más amplia que la simple suma de edificios históricos.

La experiencia propuesta invita al visitante a comprender cómo funcionó uno de los sistemas educativos, productivos y religiosos más influyentes de la América colonial. Al mismo tiempo, busca conectar ese legado con las comunidades actuales, los paisajes culturales y las identidades que todavía conservan huellas de aquella historia.

En este caso, el territorio funciona como un gran museo a cielo abierto donde cada sitio aporta una pieza para reconstruir una historia común.

El turismo religioso en transformación

Los casos del Camino de Brochero y la Ruta Jesuítica permiten observar una característica central del turismo religioso contemporáneo: la ampliación de sus públicos.

La motivación espiritual sigue siendo fundamental para miles de visitantes, pero ya no es la única razón para emprender el viaje. El interés por el patrimonio, la arquitectura, la historia, la cultura local o los paisajes naturales convive con las motivaciones religiosas tradicionales.

Esta convergencia ha convertido al turismo religioso en un espacio donde dialogan distintos tipos de viajeros. Peregrinos, turistas culturales, estudiantes, investigadores y visitantes interesados en la historia comparten muchas veces los mismos recorridos, aunque impulsados por motivaciones diferentes.

Lejos de debilitar la dimensión espiritual, esta diversidad contribuye a fortalecer la relevancia social y cultural de estos territorios.

Experiencias que generan desarrollo

Desde OSAI comprendemos que el análisis de estas iniciativas trasciende la actividad turística. El verdadero potencial de las experiencias religiosas aparece cuando se observan sus impactos territoriales.

La valorización del patrimonio, la generación de empleo local, el fortalecimiento de emprendimientos turísticos, la preservación de bienes culturales y la construcción de narrativas identitarias forman parte de un mismo proceso. El turismo religioso se convierte así en una herramienta de desarrollo que involucra a gobiernos locales, instituciones religiosas, prestadores turísticos, organizaciones comunitarias y actores culturales.

La experiencia internacional demuestra que el turismo religioso puede convertirse en un motor de desarrollo cuando logra articular patrimonio, infraestructura, servicios y comunidad. Destinos consolidados como el Camino de Santiago no sólo fortalecieron su identidad cultural, sino que también impulsaron economías regionales, generaron empleo y promovieron inversiones vinculadas al turismo. En esa misma dirección se inscriben las iniciativas que actualmente se desarrollan en Córdoba, donde el desafío pasa por potenciar experiencias capaces de vincular espiritualidad, historia y territorio bajo una estrategia de desarrollo sostenible.

La clave ya no pasa únicamente por conservar edificios históricos o promover festividades tradicionales. El desafío consiste en diseñar experiencias capaces de generar valor y desarrollo económico para quienes visitan esos lugares y también para quienes los habitan.

En definitiva, el turismo religioso del siglo XXI parece recorrer un camino que va mucho más allá de la fe. Un camino donde la espiritualidad dialoga con el patrimonio, la cultura y la identidad local, y donde el viaje importa tanto como el lugar de llegada.

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