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Turismo gastronómico, una oportunidad para sabores, desarrollo y experiencias auténticas

“Llegar a una pequeña finca, caminar entre los cultivos, escuchar la historia del productor y finalmente sentarse a la mesa a probar lo que allí mismo se cosecha”. Así describen muchos viajeros su primer contacto con el turismo gastronómico, una experiencia que va mucho más allá de comer en un destino y que se ha convertido en una de las formas más significativas de viajar en los últimos años.

En los últimos años, el turismo gastronómico se consolidó como un fenómeno que va mucho más allá del consumo de alimentos durante un viaje y que abre debates sobre desarrollo, identidad y territorio.

Uno de los consensos más fuertes es que no debe pensarse únicamente desde la oferta visible para el visitante. La experiencia comienza mucho antes del plato servido en la mesa y se construye a partir de productores, saberes locales, tradiciones culinarias, paisajes productivos y comunidades que sostienen esas prácticas a lo largo del tiempo.

Sin embargo, detrás del crecimiento de este segmento emerge una discusión más profunda: cómo transformar el interés por la comida en una herramienta de desarrollo local sostenible.

La gastronomía se ha convertido en uno de los principales motivos de viaje a nivel mundial. El peso económico del sector también es significativo: el World Travel & Tourism Council (WTTC) estimó que en 2023 los viajes y el turismo aportaron US$ 9,9 billones al PIB mundial, equivalentes al 9,1% de la economía global, y sostuvieron 330 millones de empleos.

En ese sentido, uno de los grandes desafíos de la región es visibilizar aquello que ya existe. En numerosos destinos turísticos hay productos, recetas y cocineros de enorme calidad que permanecen fuera de los circuitos tradicionales de promoción. La brecha no siempre está en la falta de oferta, sino en la dificultad para identificarla, comunicarla y conectarla con la demanda turística.

El papel de los productores locales resulta central. Desde variedades tradicionales de maíz y quínoa hasta pescadores artesanales, queseros, caficultores o pequeños agricultores, el territorio aparece como el verdadero diferencial competitivo de los destinos latinoamericanos. La gastronomía deja de ser únicamente una experiencia de consumo para convertirse en una experiencia de descubrimiento del origen de los alimentos, de los procesos productivos y de las personas que los hacen posibles.

Este enfoque implica una mirada diferente respecto de los modelos tradicionales de desarrollo turístico. En lugar de construir circuitos centrados exclusivamente en atractivos o establecimientos gastronómicos, se propone diseñar experiencias que integren toda la cadena de valor local. Visitar a quienes producen, conocer técnicas de elaboración, participar de procesos productivos y comprender la historia detrás de cada producto forman parte de una tendencia global que busca experiencias más auténticas y significativas. De hecho, la World Food Travel Association señala que los viajeros motivados por la gastronomía gastan, en promedio, 25% más que el turista general.

Otro aspecto destacado es la necesidad de fortalecer la gobernanza territorial. La articulación entre sector público, sector privado, universidades, productores y comunidades aparece como una condición indispensable para construir propuestas sostenibles en el tiempo. Muchos proyectos fracasan cuando dependen exclusivamente de ciclos políticos o de intervenciones de corto plazo, mientras que las iniciativas más exitosas suelen apoyarse en procesos de largo plazo, redes de colaboración y liderazgo local.

La experiencia reciente desarrollada en Jujuy fue presentada como un ejemplo de esta nueva mirada. El proyecto busca construir una metodología que permita identificar establecimientos gastronómicos con fuerte arraigo territorial, evaluar su vinculación con productores locales y generar herramientas de promoción y fortalecimiento para aquellos emprendimientos con mayor impacto en sus comunidades.

La influencia de las redes sociales en la elección de destinos y experiencias gastronómicas también ocupa un lugar cada vez más visible en la industria turística global. Si bien las plataformas digitales han ampliado la visibilidad de numerosos emprendimientos, también han contribuido a privilegiar la estética y la viralización por encima de la autenticidad. El desafío consiste en evitar que la gastronomía quede reducida a una experiencia visual y recuperar su dimensión cultural, identitaria y territorial.

En este contexto, América Latina cuenta con una ventaja competitiva difícil de replicar. La diversidad biológica, cultural y productiva de la región constituye una de las mayores despensas alimentarias del mundo. La UNESCO reconoce más de 350 ciudades en su Red de Ciudades Creativas, 56 de ellas en la categoría de gastronomía, una señal de que la cocina local ya es considerada un activo estratégico de desarrollo y posicionamiento internacional.

Además, UN Tourism advierte que la gastronomía puede representar hasta un tercio del gasto del visitante en algunos destinos, lo que confirma su capacidad para dinamizar economías locales, ampliar estadías y distribuir mejor los beneficios del turismo. En ese escenario, la cocina aparece como una vía concreta para diversificar la oferta, fortalecer identidades y generar encadenamientos con la agricultura familiar, la pesca artesanal y las economías regionales.

La conclusión es clara: el turismo gastronómico puede convertirse en una poderosa herramienta de desarrollo regional cuando logra conectar comunicación, territorio y comunidad. Las estrategias más efectivas no necesariamente son las más grandes ni las más visibles, sino aquellas que fortalecen capacidades locales, generan arraigo y construyen oportunidades económicas sostenibles para quienes habitan los destinos.

En definitiva, el futuro del turismo gastronómico parece depender menos de la creación de grandes infraestructuras y más de la capacidad de reconocer, valorizar y conectar aquello que ya existe en cada territorio. La verdadera experiencia gastronómica no comienza en la mesa: comienza en el productor, en la comunidad y en la historia que cada destino tiene para contar.

Fuentes consultadas: World Travel & Tourism Council (WTTC), UN Tourism, Booking.com, UNESCO Creative Cities Network y World Food Travel Association.

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